El Imperio, obra completa
Página 1 de 1. • Compartir •
El Imperio, obra completa
El Imperio
Claudio es un joven capitán del Ejercito Imperial de Su Majestad, el emperador Hauss I de Kornpeck. El Imperio estaba gozando de un momento de paz, pesada paz para los militares, que veían como pasaban inexorablemente los minutos, las horas, los inacabables días…
Para Claudio, la paz era el tiempo más interesante de toda la guerra. Mientras estaba en la reserva, en los cuarteles de la Capital Imperial, aprovechaba todos los días para acudir a la Biblioteca Central, el alma cultural del Imperio, donde se reunía la mayor colección de códices de todos los estilos, épocas, autores….Claudio pasaba horas y horas, sumergido por las mañanas entre los libros de estrategia militar y por las tardes con las mas embelesadoras historias de amor.
Lo que Claudio no hubiese esperado nunca era encontrar entre las sombrías estanterías llenas de polvorientos libros al amor de su vida.
Cierto día, que en los calendarios figuraba como el día 314 del año 400 del Imperio, Claudio oyó un molesto revuelo en la Biblioteca, y, decidido a recriminar aquella falta de respeto a los lectores, se dirigió hacia el foco del sonido. Parapetado tras una libraría, observó como entraban dos hombres ataviados con magníficas armaduras con motivos mitológicos esculpidos sobre el metal de las corazas, portando la mano sobre el puño de una espada. Tras ellos, avanzaba erguida una figura esbelta, cubierta por una finísima túnica de semitransparente seda azul, pero la cabeza estaba cubierta por un velo del mismo color que la túnica, sujetado por un elaborado moño, con lo que las delicadas facciones de la muchacha no se dejaban al descubierto.
A la zaga de ésta, una señora ya entrada en años, con un burdo vestido de recia lana, la vigilaba como si de perro de tratase.
La mujer vestida de zafiro se descubrió el rostro, dejando a la vista unos ojos verdes penetrantes y claros, un pelo rubio pajizo, unos pómulos esbeltos y un aire de magistral gracia que le confería, a los ojos del joven capitán, un toque angelical como ninguna otra mujer hubiese podido tener. Con un movimiento de su delicado cráneo, ordenó a los dos coraceros que se retiraran y la dejaran a solas con la señora que, según supuso Claudio, era su criada.
La joven, de hermosa belleza, miró entre los estantes, seleccionó un volumen no demasiado grande y, al acercarse a la silla para sentarse a leer, fijó directamente su mirada en el lugar exacto donde asomaba ligeramente la cabeza de Claudio entre los libros. Haciendo caso omiso, la muchacha se sentó y se puso a leer.
El capitán, embelesado, no podía apartar sus castaños ojos del rostro de la bella muchacha.
Y allí estuvo, de pie, observándola hasta que, pasadas unas cuantas horas de incomodo silencio, la muchacha se levantó, dejó el libro sobre la mesa y se encaminó hacia donde Claudio aun estaba observándola, y dijo:
-¿Quién eres, muchacho, que llevas tanto tiempo mirándome inmóvil? sal de ahí detrás y hablemos tranquilamente.
-Siento haberla importunado, señorita, pero la he visto entrar y me he quedado embelesado con su hermosura, y estaba usted tan preciosa ahí leyendo que el tiempo parecía no pasar para mi. Si la he ofendido, le pido disculpas.
- No te preocupes. Pareces un soldado, pero éste no es precisamente el lugar donde más soldados se suelen encontrar. Dime, ¿Como te llamas?
-Claudio es mi nombre, mi señora, y como bien habéis deducido, soy capitán del ejército de Su Majestad. Mas paso muchas horas aquí, ya que la lectura es la principal de mis aficiones.
- No se si lo habrás adivinado ya, Claudio, puesto que me habéis estado observando largo tendido, pero yo soy...
-Vos sois Agalia, hija del Emperador, luz y alegría del Imperio, orgullo del Pueblo.
-Eres muy perspicaz. En efecto, soy la princesa. Esta es Keila, mi fiel criada. Si es cierto que acudes tantas veces aquí como dices, podríamos pasar algún tiempo en compañía. Mi sierva no me da mucha conversación, y tú pareces culto e interesante.
-Será para mi un placer compartir mis horas, mi tiempo de lectura con usted, Alteza. Ahora, si me disculpa, está anocheciendo y debería volver al Cuarte. Buenas noches, Alteza. - Acto seguido, Claudio hizo una reverencia y salió por la puerta.
La criada, preocupada, se adelantó y le susurro a Agalia al oído
-Mi señora, no me parece buena idea. Mas no tema nada, su padre, el Emperador, nada sabrá por mi boca.
-Gracias Keila. Pienso que es un muchacho interesante. Esperemos a ver que nos depara el mañana.
Pasaron los días y ambos fueron descubriendo como las pasiones del otro eran compartidas por uno.
Cierto día, quisieron leer un tratado filosófico sobre ética y, al descubrir que solo había uno disponible en la Biblioteca, decidieron leerlo juntos. Ahí empezó todo.
Primero fue solo un roce de manos. Cuando el tratado llegó al tema de la ética del amor, ambos jóvenes se miraron y se sonrojaron.
Claudio se había enamorado perdidamente de aquella rubia joven de ojos verdes, perspicaz, sensible, preocupada que era su señora.
Agalia, por su parte, se consumía por dentro por saberse enamorada de aquel joven y ver que su condición de princesa le negaba cualquier posibilidad de felicidad con él.
Lo que ambos jóvenes no esperaban es que el Emperador iba a ser informado de su romance y no le iba a gustar.
Orgidor, fiel vasallo del Emperador Hauss I, caballero de la guardia personal de la princesa Agalia, había estado vigilando a su Alteza desde aquel día en que, al acompañarla a la Biblioteca, se había fijado en aquel joven que la observaba. Al ver que el asunto tomaba un cariz inesperado, decidió informar al Emperador.
-¿Qué mi hija qué? –Bramó el Emperador- Repíteme eso, Comandante Orgidor, y más te vale que no sea una broma.
- Os aseguro, mi señor, que no hay falacia alguna en mis palabras. Desde aquel nefasto día, su hija y ese capitán, que según he averiguado pertenece a la Sección de Combate Scarus, han caído en las redes del amor y, aunque aún no han llegado a nada, su hija corresponde ese amor, y esos es peligroso.
- ¡Que todos los Dioses del Vanaheim nos protejan, Orgidor! Eres un exagerado. Si mi hija está enamorada, no tenemos porqué ponerles trabas a ese amor.
-Mi señor, su hija le ha cogido cariño a ese Claudio. Imagine, él es un militar, sólo quiere a su hija para acercarse a usted y arrebatarle el Trono del Imperio.
- Increíble que podamos llegar a tales extremos. Dime, noble Orgidor, ¿qué me recomiendas que haga con ese muchacho?
- Sin que se entere su hija, le acusamos de Alta Traición. Una escuadra de la Guardia Gris lo prenderá y lo encarcelará en La Égida.
- ¿En la Cárcel del Imperio? Entiendo. Allí, algún malvado preso, al reconocerle por se militar de renombre, lo asaltará y le dará muerte, ¿verdad?
-En efecto, mi señor. Allí, el capitán “misteriosamente” será asesinado. Si ponéis vuestra sanción en este documento, ordenaré que le prendan inmediatamente, pues a estas horas debe encontrarse descansando en los Cuarteles.
-Procede con mi voluntad, Orgidor. Si tu empresa resulta tener éxito, es probable que te considere digno de la mano de mi querida hija Agalia.
-En tal caso, Majestad, mi empeño será doble. Me retiro para actuar con vuestra venia.
Orgidor salió de la enorme sala Imperial donde había tenido lugar la reunión y se encamino hacia el Templo del Adepto, donde se encontraba la temible Guardia Gris, guardianes de la Salud moral y espiritual del Imperio.
-Caballeros, – Dijo Orgidor delante de la mesa donde cenaban los Guardias- he aquí un documento firmado por Su Majestad Imperial en que se os ordena que prendáis al Capitán Claudio, de la Sección Scarus, bajo la acusación de Alta Traición. ¿Serviréis?
-¡Si! ¡Por el Imperio! – Rugieron los Guardias mientras se levantaban y salían por la puerta para cumplir Su voluntad.
Orgidor sonrió, satisfecho. Era triste que aquel muchacho tuviese que pagar, pero su ambición no conocía límites, y la princesa Agalia era la única llave pacífica hacia el Trono Imperial.
Sonido de pasos. Claudio abre los ojos, inquieto. De repente, siente una mano sobre su espalda. Intenta girar, pero otra mano le aprieta el brazo. Forcejea, pero se ve obligado a desistir al sentir la punta de una espada en su cuello.
Sin un solo ruido que alertara a sus compañeros de armas, Claudio es amordazado, privado de su visión por una venda y dejado inconsciente por el golpe de un asta de lanza.
Cerca de allí, una temerosa Keila avanzaba entre las sombras para entregarle a aquel joven capitán una misiva de su señora, cuándo observó cómo Claudio era sacado a rastras del Cuartel.
La vieja ama reconoció al instante las plateadas armaduras de la Guardia Gris, y no tuvo duda alguna sobre el destino que le restaba al muchacho.
La fiel criada esperó a que los captores desaparecieran con su presa y entró en los barracones.
-¡Soldados! Bajo falsa acusación de Traición – Dijo, cuando vio que los soldados saltaban de sus catres- se han llevado a vuestro capitán, el noble Claudio. ¡Hay que rescatarle!
-¿Pero qué dices, mujer? –Había hablado el sargento Geruss, lugarteniente de Claudio- El capitán es más fiel al Imperio que la mayoría de los nobles del Senado. ¿A que se debería esa acusación sin fundamento?
- El capitán y Su Alteza real Agalia están enamorados y el Emperador, influido por el malvado Orgidor, que hace largo tiempo que acecha a la princesa, ha mandado arrestarle y le ejecutarán para impedir el amor. Debemos ayudarles.
De repente, un murmullo incontenible estalló en la sala. Los soldados debatían sobre si debían imponer su aprecio al capitán por encima de su deber con el Emperador. En medio de todo este tumulto, Geruss se escabulló fuera del barracón.
Cuando Keila empezaba a desesperarse, Geruss reapareció enfundado en una flamante armadura de combate negra, empuñando una maza en su diestra. Se subió a la mesa del barracón, y con voz potente anunció:
-Soldados de élite Scarus, ¡silencio! Nuestro capitán nos necesita, y nosotros iremos a por él. No os obligo a nada, pero recordad las veces que él se ha jugado el pellejo por cada uno de nosotros. Quien no quiera participar, que salga de la sala. Bien, –Dijo, al ver que nadie se movía del sitio- si lo que esta anciana nos ha contado es cierto, le habrán llevado a la Torre del Día, y mañana será trasladado a La Égida. Poneos vuestras armaduras, y pongámonos en marcha rápidamente.
Media hora después, 15 hombres perfectamente pertrechados con armaduras negras seguían, de manera incomprensible, silenciosamente al sargento entre las callejuelas de la capital.
Al llegar al pie de la Torre del Día, pararon en seco. Dos de los soldados se adelantaros y se confundieron entre las sobras, y, con rápidos movimientos, degollaron a los dos centinelas y abrieron la reja de entrada. Entraron y dentro encontraron a los Guardias Grises, con los que entablaron un feroz combate. Durante 10 minutos, la lucha fue incierta, pero en un momento Geruss vio que iban a ganar y cogió a Keila por el brazo, arrastrando a la impresionada ama escaleras arriba, hacia las celdas.
Delante de una de ellas había un Guardia Gris, el cuál no tuvo tiempo ni a desenfundar su sable, pues Geruss ya se le había echado encima con la daga por delante.
De una patada potente, derribó la puerta y encontró a Claudio encadenado a la pared. Un solo mazazo fue suficiente para reventar las cadenas y Geruss se desató el fardo que llevaba a la espalda, entregándoselo a Claudio. El agradecido capitán lo abrió y encontró en él su armadura y su espada. Se caló la armadura y colgó la espada al cinto y corrió escaleras abajo.
El panorama era desolador. 5 valientes infantes Scarus habían dado su vida por su capitán en aquella reyerta, y 8 cadáveres de plateadas armaduras se amontonaban contra una esquina.
-Compañeros –Se dirigió Claudio a sus hombres- os estoy muy agradecido por el enorme sacrificio que habéis hecho hoy por mi. Ahora, vayamos al Palacio y demos fin a esta farsa.
Acto seguido salieron a la calle y se dirigieron al Imperial Paladio, centro neurálgico del Imperio por ser la residencia del Hauss I.
Al llegar a la entrada, se encontraron con que los soldados de la guardia habían abandonado su frío puesto y se habían concentrado en la taberna de enfrente. Un problema menos, pensó Claudio. Entraron y se dirigieron a la Sala Del Consejo, donde Orgidor estaba exponiéndole al Emperador el éxito de su contienda.
Los aguerridos soldados Scarus irrumpieron en formación y se dispusieron en semicírculo en torno a la sala y Orgidor, asustado, desenvainó su espada y se dispuso a huir, pero chocó de frente con un iracundo Claudio, que le arrebató su arma de un manotazo y lo empujó hacia el centro del blindado semicírculo de soldados.
En ese mismo instante, Agalia entró en la Sala del Consejo, dispuesta a darle las buenas noches a su padre, y quedó boquiabierta al ver la escena que allí acontecía, pero, al ver a Claudio, corrió hacia él, lo abrazó y le dio un largo beso en los labios.
-¿Qué ocurre aquí, amado mío? ¿Por qué entras en la casa de mi padre con hombres armados?
- Querida Agalia, luz de mi alma, sabor de mi vida, el aquí presente Orgidor me ha acusado de Alta Traición, y el motivo que le impulsó a tal echo no es difícil de imaginar, y tu padre, cegado por sus palabras, dio el visto bueno y firmó mi sentencia. He venido para ajustar cuentas y reclamarte como esposa, si es preciso, con la fuerza de la espada. Desde el primer día que te vi, pienso en ti despierto y sueño contigo dormido, pues te amo, Agalia mía.
-¡OH, Claudio! Yo también te amo. Padre, ¿cómo has podido hacerle caso a Orgidor sabiendo el daño que ello me produciría?
-Hija mía, creía que lo hacía por tu bien, pues pensaba que este muchacho solo te quería por tu posición. Pero con sus gestos de esta noche y sus palabras de hace un momento, se que te ama de verdad.
- ¡Orgidor, maldito! – Gritó un Claudio rojo de ira- ¡Te voy a enseñar a cabrear a un Scarus! Dadle su espada.
-
Orgidor recogió su espada del suelo, donde Geruss se la había lanzado, y cargó furibundo contra el capitán. Éste, con una media vuelta, esquivó su ataque, haciendo caer al malvado Comandante.
Intercambiaron una serie de golpes, uno de los cuáles hizo pedazos la hombrera de Claudio, abriéndole un ligero tajo en el hombro. Finalmente, con una maniobra, Claudio desarmó a Orgidor y éste, viendo cerca su final, se echó al suelo delante del Emperador, suplicante:
-Por favor, Majestad, siempre he sido un fiel vasallo del Imperio. ¡No dejéis que me mate!
- Otra cosa no mereces, Orgidor, pero no quiero que tu muerte penda sobre la cabeza de este noble muchacho. Coge tus cosas y sal del Imperio, y si vuelves, la justicia imperial caerá sobre tu cabeza.
-¡Un momento, Majestad! –Dijo Claudio- Vos distéis el visto bueno a este malvado plan, no podéis quedar impune. Exijo responsabilidades por su acción.
- Veo que es difícil librarse de alguien tan tenaz como tú, Claudio. Es justo, pues el corazón de mi hija te pertenece. Cuando Orgidor abandone nuestras tierras, te permitiré casarte con Agalia y tendrás derecho de Sucesión al Trono del Imperio. Es lo máximo que puedo ofrecerte, hijo mío.
-Claudio, perdona a mi padre y entiéndele. –Suplicó Agalia- El sólo quería protegerme a mí y al Imperio de cualquier peligro.
-Esta bien, Majestad, os perdono por el amor que profeso a vuestra hija.
Orgidor, cogido por Geruss y otro soldado, fue sacado a rastras del Palacio y, en la calle, le metieron en un carromato y le escoltaron hasta Turingia, frontera norte del Imperio.
Claudio y Agalia, con el consentimiento del Emperador, se casaron el día 332 del año 400 del Imperio, en la Sagrada Basílica del Novo Ordos, la iglesia más importante del Imperio por ser la sede de la Eclesiarquía.
En cuánto a Hauss I, las sureñas tribus del Ingmaria, al sur del Imperio, se revelaron contra la soberanía de éste, y el Emperador acudió personalmente con el ejército para sofocar las revueltas. Durante la toma de la Fortaleza de San Telmo, una traicionera y emplumada flecha se coló por una grieta en la armadura imperial, debajo de la axila, y, para cuando los apotecarios del ejército pudieron quitarle la armadura para curarle, la Muerte ya le había llevado de la mano hacia el Vanaheim.
Después de los funerales por su padre, Agalia fue coronada Emperatriz y, una semana más tarde, abdicó en el Senado Imperial, y ella y Claudio se marcharon del Imperio, hacia las tierras de los bosques, donde pasaron el resto de sus enamoradas vidas en una casa de madera, en lo más profundo del más frondoso bosque, disfrutando de cada instante juntos.
Para desesperación del Bibliotecario Jefe del la Biblioteca Central, antes de marcharse se había llevado un centenar de códices para llenar su nueva morada de la cultura del Imperio.
En cuanto a Orgidor, poco se sabe de él después de su forzoso exilio. Algunos dicen que se convirtió en el líder de la resistencia contra el Imperio en los países del Norte. Otros, que fue mandado asesinar en una taberna de Novingrado.
Sea como fuere, eso es ya otra historia…
By Eorlin
Claudio es un joven capitán del Ejercito Imperial de Su Majestad, el emperador Hauss I de Kornpeck. El Imperio estaba gozando de un momento de paz, pesada paz para los militares, que veían como pasaban inexorablemente los minutos, las horas, los inacabables días…
Para Claudio, la paz era el tiempo más interesante de toda la guerra. Mientras estaba en la reserva, en los cuarteles de la Capital Imperial, aprovechaba todos los días para acudir a la Biblioteca Central, el alma cultural del Imperio, donde se reunía la mayor colección de códices de todos los estilos, épocas, autores….Claudio pasaba horas y horas, sumergido por las mañanas entre los libros de estrategia militar y por las tardes con las mas embelesadoras historias de amor.
Lo que Claudio no hubiese esperado nunca era encontrar entre las sombrías estanterías llenas de polvorientos libros al amor de su vida.
Cierto día, que en los calendarios figuraba como el día 314 del año 400 del Imperio, Claudio oyó un molesto revuelo en la Biblioteca, y, decidido a recriminar aquella falta de respeto a los lectores, se dirigió hacia el foco del sonido. Parapetado tras una libraría, observó como entraban dos hombres ataviados con magníficas armaduras con motivos mitológicos esculpidos sobre el metal de las corazas, portando la mano sobre el puño de una espada. Tras ellos, avanzaba erguida una figura esbelta, cubierta por una finísima túnica de semitransparente seda azul, pero la cabeza estaba cubierta por un velo del mismo color que la túnica, sujetado por un elaborado moño, con lo que las delicadas facciones de la muchacha no se dejaban al descubierto.
A la zaga de ésta, una señora ya entrada en años, con un burdo vestido de recia lana, la vigilaba como si de perro de tratase.
La mujer vestida de zafiro se descubrió el rostro, dejando a la vista unos ojos verdes penetrantes y claros, un pelo rubio pajizo, unos pómulos esbeltos y un aire de magistral gracia que le confería, a los ojos del joven capitán, un toque angelical como ninguna otra mujer hubiese podido tener. Con un movimiento de su delicado cráneo, ordenó a los dos coraceros que se retiraran y la dejaran a solas con la señora que, según supuso Claudio, era su criada.
La joven, de hermosa belleza, miró entre los estantes, seleccionó un volumen no demasiado grande y, al acercarse a la silla para sentarse a leer, fijó directamente su mirada en el lugar exacto donde asomaba ligeramente la cabeza de Claudio entre los libros. Haciendo caso omiso, la muchacha se sentó y se puso a leer.
El capitán, embelesado, no podía apartar sus castaños ojos del rostro de la bella muchacha.
Y allí estuvo, de pie, observándola hasta que, pasadas unas cuantas horas de incomodo silencio, la muchacha se levantó, dejó el libro sobre la mesa y se encaminó hacia donde Claudio aun estaba observándola, y dijo:
-¿Quién eres, muchacho, que llevas tanto tiempo mirándome inmóvil? sal de ahí detrás y hablemos tranquilamente.
-Siento haberla importunado, señorita, pero la he visto entrar y me he quedado embelesado con su hermosura, y estaba usted tan preciosa ahí leyendo que el tiempo parecía no pasar para mi. Si la he ofendido, le pido disculpas.
- No te preocupes. Pareces un soldado, pero éste no es precisamente el lugar donde más soldados se suelen encontrar. Dime, ¿Como te llamas?
-Claudio es mi nombre, mi señora, y como bien habéis deducido, soy capitán del ejército de Su Majestad. Mas paso muchas horas aquí, ya que la lectura es la principal de mis aficiones.
- No se si lo habrás adivinado ya, Claudio, puesto que me habéis estado observando largo tendido, pero yo soy...
-Vos sois Agalia, hija del Emperador, luz y alegría del Imperio, orgullo del Pueblo.
-Eres muy perspicaz. En efecto, soy la princesa. Esta es Keila, mi fiel criada. Si es cierto que acudes tantas veces aquí como dices, podríamos pasar algún tiempo en compañía. Mi sierva no me da mucha conversación, y tú pareces culto e interesante.
-Será para mi un placer compartir mis horas, mi tiempo de lectura con usted, Alteza. Ahora, si me disculpa, está anocheciendo y debería volver al Cuarte. Buenas noches, Alteza. - Acto seguido, Claudio hizo una reverencia y salió por la puerta.
La criada, preocupada, se adelantó y le susurro a Agalia al oído
-Mi señora, no me parece buena idea. Mas no tema nada, su padre, el Emperador, nada sabrá por mi boca.
-Gracias Keila. Pienso que es un muchacho interesante. Esperemos a ver que nos depara el mañana.
Pasaron los días y ambos fueron descubriendo como las pasiones del otro eran compartidas por uno.
Cierto día, quisieron leer un tratado filosófico sobre ética y, al descubrir que solo había uno disponible en la Biblioteca, decidieron leerlo juntos. Ahí empezó todo.
Primero fue solo un roce de manos. Cuando el tratado llegó al tema de la ética del amor, ambos jóvenes se miraron y se sonrojaron.
Claudio se había enamorado perdidamente de aquella rubia joven de ojos verdes, perspicaz, sensible, preocupada que era su señora.
Agalia, por su parte, se consumía por dentro por saberse enamorada de aquel joven y ver que su condición de princesa le negaba cualquier posibilidad de felicidad con él.
Lo que ambos jóvenes no esperaban es que el Emperador iba a ser informado de su romance y no le iba a gustar.
Orgidor, fiel vasallo del Emperador Hauss I, caballero de la guardia personal de la princesa Agalia, había estado vigilando a su Alteza desde aquel día en que, al acompañarla a la Biblioteca, se había fijado en aquel joven que la observaba. Al ver que el asunto tomaba un cariz inesperado, decidió informar al Emperador.
-¿Qué mi hija qué? –Bramó el Emperador- Repíteme eso, Comandante Orgidor, y más te vale que no sea una broma.
- Os aseguro, mi señor, que no hay falacia alguna en mis palabras. Desde aquel nefasto día, su hija y ese capitán, que según he averiguado pertenece a la Sección de Combate Scarus, han caído en las redes del amor y, aunque aún no han llegado a nada, su hija corresponde ese amor, y esos es peligroso.
- ¡Que todos los Dioses del Vanaheim nos protejan, Orgidor! Eres un exagerado. Si mi hija está enamorada, no tenemos porqué ponerles trabas a ese amor.
-Mi señor, su hija le ha cogido cariño a ese Claudio. Imagine, él es un militar, sólo quiere a su hija para acercarse a usted y arrebatarle el Trono del Imperio.
- Increíble que podamos llegar a tales extremos. Dime, noble Orgidor, ¿qué me recomiendas que haga con ese muchacho?
- Sin que se entere su hija, le acusamos de Alta Traición. Una escuadra de la Guardia Gris lo prenderá y lo encarcelará en La Égida.
- ¿En la Cárcel del Imperio? Entiendo. Allí, algún malvado preso, al reconocerle por se militar de renombre, lo asaltará y le dará muerte, ¿verdad?
-En efecto, mi señor. Allí, el capitán “misteriosamente” será asesinado. Si ponéis vuestra sanción en este documento, ordenaré que le prendan inmediatamente, pues a estas horas debe encontrarse descansando en los Cuarteles.
-Procede con mi voluntad, Orgidor. Si tu empresa resulta tener éxito, es probable que te considere digno de la mano de mi querida hija Agalia.
-En tal caso, Majestad, mi empeño será doble. Me retiro para actuar con vuestra venia.
Orgidor salió de la enorme sala Imperial donde había tenido lugar la reunión y se encamino hacia el Templo del Adepto, donde se encontraba la temible Guardia Gris, guardianes de la Salud moral y espiritual del Imperio.
-Caballeros, – Dijo Orgidor delante de la mesa donde cenaban los Guardias- he aquí un documento firmado por Su Majestad Imperial en que se os ordena que prendáis al Capitán Claudio, de la Sección Scarus, bajo la acusación de Alta Traición. ¿Serviréis?
-¡Si! ¡Por el Imperio! – Rugieron los Guardias mientras se levantaban y salían por la puerta para cumplir Su voluntad.
Orgidor sonrió, satisfecho. Era triste que aquel muchacho tuviese que pagar, pero su ambición no conocía límites, y la princesa Agalia era la única llave pacífica hacia el Trono Imperial.
Sonido de pasos. Claudio abre los ojos, inquieto. De repente, siente una mano sobre su espalda. Intenta girar, pero otra mano le aprieta el brazo. Forcejea, pero se ve obligado a desistir al sentir la punta de una espada en su cuello.
Sin un solo ruido que alertara a sus compañeros de armas, Claudio es amordazado, privado de su visión por una venda y dejado inconsciente por el golpe de un asta de lanza.
Cerca de allí, una temerosa Keila avanzaba entre las sombras para entregarle a aquel joven capitán una misiva de su señora, cuándo observó cómo Claudio era sacado a rastras del Cuartel.
La vieja ama reconoció al instante las plateadas armaduras de la Guardia Gris, y no tuvo duda alguna sobre el destino que le restaba al muchacho.
La fiel criada esperó a que los captores desaparecieran con su presa y entró en los barracones.
-¡Soldados! Bajo falsa acusación de Traición – Dijo, cuando vio que los soldados saltaban de sus catres- se han llevado a vuestro capitán, el noble Claudio. ¡Hay que rescatarle!
-¿Pero qué dices, mujer? –Había hablado el sargento Geruss, lugarteniente de Claudio- El capitán es más fiel al Imperio que la mayoría de los nobles del Senado. ¿A que se debería esa acusación sin fundamento?
- El capitán y Su Alteza real Agalia están enamorados y el Emperador, influido por el malvado Orgidor, que hace largo tiempo que acecha a la princesa, ha mandado arrestarle y le ejecutarán para impedir el amor. Debemos ayudarles.
De repente, un murmullo incontenible estalló en la sala. Los soldados debatían sobre si debían imponer su aprecio al capitán por encima de su deber con el Emperador. En medio de todo este tumulto, Geruss se escabulló fuera del barracón.
Cuando Keila empezaba a desesperarse, Geruss reapareció enfundado en una flamante armadura de combate negra, empuñando una maza en su diestra. Se subió a la mesa del barracón, y con voz potente anunció:
-Soldados de élite Scarus, ¡silencio! Nuestro capitán nos necesita, y nosotros iremos a por él. No os obligo a nada, pero recordad las veces que él se ha jugado el pellejo por cada uno de nosotros. Quien no quiera participar, que salga de la sala. Bien, –Dijo, al ver que nadie se movía del sitio- si lo que esta anciana nos ha contado es cierto, le habrán llevado a la Torre del Día, y mañana será trasladado a La Égida. Poneos vuestras armaduras, y pongámonos en marcha rápidamente.
Media hora después, 15 hombres perfectamente pertrechados con armaduras negras seguían, de manera incomprensible, silenciosamente al sargento entre las callejuelas de la capital.
Al llegar al pie de la Torre del Día, pararon en seco. Dos de los soldados se adelantaros y se confundieron entre las sobras, y, con rápidos movimientos, degollaron a los dos centinelas y abrieron la reja de entrada. Entraron y dentro encontraron a los Guardias Grises, con los que entablaron un feroz combate. Durante 10 minutos, la lucha fue incierta, pero en un momento Geruss vio que iban a ganar y cogió a Keila por el brazo, arrastrando a la impresionada ama escaleras arriba, hacia las celdas.
Delante de una de ellas había un Guardia Gris, el cuál no tuvo tiempo ni a desenfundar su sable, pues Geruss ya se le había echado encima con la daga por delante.
De una patada potente, derribó la puerta y encontró a Claudio encadenado a la pared. Un solo mazazo fue suficiente para reventar las cadenas y Geruss se desató el fardo que llevaba a la espalda, entregándoselo a Claudio. El agradecido capitán lo abrió y encontró en él su armadura y su espada. Se caló la armadura y colgó la espada al cinto y corrió escaleras abajo.
El panorama era desolador. 5 valientes infantes Scarus habían dado su vida por su capitán en aquella reyerta, y 8 cadáveres de plateadas armaduras se amontonaban contra una esquina.
-Compañeros –Se dirigió Claudio a sus hombres- os estoy muy agradecido por el enorme sacrificio que habéis hecho hoy por mi. Ahora, vayamos al Palacio y demos fin a esta farsa.
Acto seguido salieron a la calle y se dirigieron al Imperial Paladio, centro neurálgico del Imperio por ser la residencia del Hauss I.
Al llegar a la entrada, se encontraron con que los soldados de la guardia habían abandonado su frío puesto y se habían concentrado en la taberna de enfrente. Un problema menos, pensó Claudio. Entraron y se dirigieron a la Sala Del Consejo, donde Orgidor estaba exponiéndole al Emperador el éxito de su contienda.
Los aguerridos soldados Scarus irrumpieron en formación y se dispusieron en semicírculo en torno a la sala y Orgidor, asustado, desenvainó su espada y se dispuso a huir, pero chocó de frente con un iracundo Claudio, que le arrebató su arma de un manotazo y lo empujó hacia el centro del blindado semicírculo de soldados.
En ese mismo instante, Agalia entró en la Sala del Consejo, dispuesta a darle las buenas noches a su padre, y quedó boquiabierta al ver la escena que allí acontecía, pero, al ver a Claudio, corrió hacia él, lo abrazó y le dio un largo beso en los labios.
-¿Qué ocurre aquí, amado mío? ¿Por qué entras en la casa de mi padre con hombres armados?
- Querida Agalia, luz de mi alma, sabor de mi vida, el aquí presente Orgidor me ha acusado de Alta Traición, y el motivo que le impulsó a tal echo no es difícil de imaginar, y tu padre, cegado por sus palabras, dio el visto bueno y firmó mi sentencia. He venido para ajustar cuentas y reclamarte como esposa, si es preciso, con la fuerza de la espada. Desde el primer día que te vi, pienso en ti despierto y sueño contigo dormido, pues te amo, Agalia mía.
-¡OH, Claudio! Yo también te amo. Padre, ¿cómo has podido hacerle caso a Orgidor sabiendo el daño que ello me produciría?
-Hija mía, creía que lo hacía por tu bien, pues pensaba que este muchacho solo te quería por tu posición. Pero con sus gestos de esta noche y sus palabras de hace un momento, se que te ama de verdad.
- ¡Orgidor, maldito! – Gritó un Claudio rojo de ira- ¡Te voy a enseñar a cabrear a un Scarus! Dadle su espada.
-
Orgidor recogió su espada del suelo, donde Geruss se la había lanzado, y cargó furibundo contra el capitán. Éste, con una media vuelta, esquivó su ataque, haciendo caer al malvado Comandante.
Intercambiaron una serie de golpes, uno de los cuáles hizo pedazos la hombrera de Claudio, abriéndole un ligero tajo en el hombro. Finalmente, con una maniobra, Claudio desarmó a Orgidor y éste, viendo cerca su final, se echó al suelo delante del Emperador, suplicante:
-Por favor, Majestad, siempre he sido un fiel vasallo del Imperio. ¡No dejéis que me mate!
- Otra cosa no mereces, Orgidor, pero no quiero que tu muerte penda sobre la cabeza de este noble muchacho. Coge tus cosas y sal del Imperio, y si vuelves, la justicia imperial caerá sobre tu cabeza.
-¡Un momento, Majestad! –Dijo Claudio- Vos distéis el visto bueno a este malvado plan, no podéis quedar impune. Exijo responsabilidades por su acción.
- Veo que es difícil librarse de alguien tan tenaz como tú, Claudio. Es justo, pues el corazón de mi hija te pertenece. Cuando Orgidor abandone nuestras tierras, te permitiré casarte con Agalia y tendrás derecho de Sucesión al Trono del Imperio. Es lo máximo que puedo ofrecerte, hijo mío.
-Claudio, perdona a mi padre y entiéndele. –Suplicó Agalia- El sólo quería protegerme a mí y al Imperio de cualquier peligro.
-Esta bien, Majestad, os perdono por el amor que profeso a vuestra hija.
Orgidor, cogido por Geruss y otro soldado, fue sacado a rastras del Palacio y, en la calle, le metieron en un carromato y le escoltaron hasta Turingia, frontera norte del Imperio.
Claudio y Agalia, con el consentimiento del Emperador, se casaron el día 332 del año 400 del Imperio, en la Sagrada Basílica del Novo Ordos, la iglesia más importante del Imperio por ser la sede de la Eclesiarquía.
En cuánto a Hauss I, las sureñas tribus del Ingmaria, al sur del Imperio, se revelaron contra la soberanía de éste, y el Emperador acudió personalmente con el ejército para sofocar las revueltas. Durante la toma de la Fortaleza de San Telmo, una traicionera y emplumada flecha se coló por una grieta en la armadura imperial, debajo de la axila, y, para cuando los apotecarios del ejército pudieron quitarle la armadura para curarle, la Muerte ya le había llevado de la mano hacia el Vanaheim.
Después de los funerales por su padre, Agalia fue coronada Emperatriz y, una semana más tarde, abdicó en el Senado Imperial, y ella y Claudio se marcharon del Imperio, hacia las tierras de los bosques, donde pasaron el resto de sus enamoradas vidas en una casa de madera, en lo más profundo del más frondoso bosque, disfrutando de cada instante juntos.
Para desesperación del Bibliotecario Jefe del la Biblioteca Central, antes de marcharse se había llevado un centenar de códices para llenar su nueva morada de la cultura del Imperio.
En cuanto a Orgidor, poco se sabe de él después de su forzoso exilio. Algunos dicen que se convirtió en el líder de la resistencia contra el Imperio en los países del Norte. Otros, que fue mandado asesinar en una taberna de Novingrado.
Sea como fuere, eso es ya otra historia…
By Eorlin

Invitado- Invitado
Re: El Imperio, obra completa
sed sinceros, sobretodo en el final, a mi me parece forzado

Invitado- Invitado
Re: El Imperio, obra completa
Ejem Ejem...... como parezco ser el primero que se lee la obra... dire que si me parece forzado, sobre todo cuando va junto al emperador.

BigBoss_The- Capitan General

-
Mensajes: 1031
Fecha de inscripción: 28/12/2009
Edad: 25
Re: El Imperio, obra completa
Yo lo leí antes de comer pero comento ahora. Me parece que está bien, pero como boceto. Una historia así la podrías alargar unos cuantos folios más, y así te quedaría también más interconectada y elaborada. Además, así la podrías publicar por capítulos 

Winternightwish- Capitan General

- Mensajes: 1273
Fecha de inscripción: 14/12/2009
Re: El Imperio, obra completa
si, pero es para un concurso con un tope de 10 paginas, y eso ocupa 9
ajaja
ajaja

Invitado- Invitado
Re: El Imperio, obra completa
Me mola, me he quedado con ganas. xD jajaja. Sigue escribiendo.
El final, pese a ser verdad que es forzado esta bien. Aunque eso de irse al bosque... dejando tras de si una vida imperial suena extraño.. abandonando a sus soldados... no se, tendria muchas responsabilidades, pero fuera como fuese, me ha gustado mucho.
Felicidades
El final, pese a ser verdad que es forzado esta bien. Aunque eso de irse al bosque... dejando tras de si una vida imperial suena extraño.. abandonando a sus soldados... no se, tendria muchas responsabilidades, pero fuera como fuese, me ha gustado mucho.
Felicidades

Invitado- Invitado
Re: El Imperio, obra completa
muchas gracias tio
ajajaja
ya dije k el final estaba muy forzado
xd
ajajaja
ya dije k el final estaba muy forzado
xd

Invitado- Invitado
Re: El Imperio, obra completa
eorlin escribió:si, pero es para un concurso con un tope de 10 paginas, y eso ocupa 9
ajaja
9 páginas..? Pues sí que se me ha pasado rápido. Bueno, eso es buen síntoma también.

Winternightwish- Capitan General

- Mensajes: 1273
Fecha de inscripción: 14/12/2009
Re: El Imperio, obra completa
Claro!! es que a doble espacio.... ocupa mucho mas :p

BigBoss_The- Capitan General

-
Mensajes: 1031
Fecha de inscripción: 28/12/2009
Edad: 25
Re: El Imperio, obra completa
Winternightwish escribió:Yo lo leí antes de comer pero comento ahora. Me parece que está bien, pero como boceto. Una historia así la podrías alargar unos cuantos folios más, y así te quedaría también más interconectada y elaborada. Además, así la podrías publicar por capítulos
+1
Y si es con un final trágico mejor.

Dr. Sharon- Furriel

- Mensajes: 40
Fecha de inscripción: 20/12/2009
Temas similares» Herreruelos del Imperio
» El imperio de las Tinieblas (Capítulo 1)
» Aclaro porque no voy al Imperio.
» SERIE DE YUGIOH GX COMPLETA!!!
» Detective Conan Serie Completa
» El imperio de las Tinieblas (Capítulo 1)
» Aclaro porque no voy al Imperio.
» SERIE DE YUGIOH GX COMPLETA!!!
» Detective Conan Serie Completa
Página 1 de 1.
Permiso de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.